Picotazo Político: MORENA
Hay una escena: despertar y mirar la pantalla antes que el cielo; comer con el teléfono al lado y acostarse con la promesa de “cinco minutos más”. El problema ya no es cuánto tiempo pasamos en las redes, sino cuánto de nuestra atención, voluntad y vida estamos entregándoles.
Las redes sociales nacieron para conectar, informar y entretener. Sin embargo, buena parte de su arquitectura está diseñada para retenernos. El desplazamiento infinito, las notificaciones y las recomendaciones convierten la atención humana en mercancía. No es solo falta de disciplina: hay un modelo de negocio que gana cuando permanecemos conectados.
La preocupación es mayor entre niñas, niños y adolescentes. El uso problemático de internet puede incluir preocupación constante, evasión, conflictos y deterioro de la vida cotidiana, además de relacionarse con problemas de salud mental. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) advierte que muchas plataformas no fueron diseñadas pensando en el bienestar infantil.
Australia decidió ir más lejos. Desde el 10 de diciembre de 2025, las plataformas de acceso restringido deben impedir que los menores de 16 años creen o mantengan cuentas. Para enero de 2026, eSafety (seguridad en línea) informó que habían sido retiradas 4.7 millones de cuentas de menores de 16 años.
Pero Australia también demuestra que legislar no equivale a resolver. En 2026, su Parlamento analiza medidas para fortalecer la norma porque muchos menores continúan accediendo a las redes. Una prohibición pone límites, pero no elimina la presión social ni los mecanismos que generan dependencia.
Otros países avanzan por distintas rutas. En Estados Unidos, varios estados combinan límites de edad, consentimiento parental y verificación. En Europa, numerosos países estudian restricciones para menores y crece la discusión sobre los diseños adictivos. La pregunta es quién debe asumir la responsabilidad.
Y aquí aparece la pregunta incómoda para México: ¿esperaremos a que otros países nos enseñen las consecuencias? Regular edades puede ser necesario, pero sería insuficiente sin educación digital, orientación familiar y responsabilidades para las empresas. También debemos mirarnos al espejo. La prevención empieza en casa, pero también involucra a la escuela, al Estado y a las plataformas.
La verdadera libertad digital no consiste en acceso ilimitado, sino en decidir cuándo conectarnos y cuándo desconectarnos. Si una aplicación utiliza nuestros hábitos para mantener nuestra atención, la pregunta sería ¿cuánto poder le hemos permitido tener sobre nuestra vida? Regularlas no significa demonizarlas. Detrás de cada pantalla hay una persona y un tiempo que no regresa. La tecnología debe estar al servicio de la sociedad, no convertirnos en rehenes de sus algoritmos. El desafío es recuperar nuestra atención.
¡Menos pantalla más vida real!