Nada Personal
El respeto a los derechos humanos debe medirse en primer lugar desde la dignidad, y en segundo lugar frente a la mirada que evade con indiferencia institucional, social y personal, para determinar el grado de violación de los derechos humanos que existe en el mundo.
Esta crisis de empatía surge por la dicotomía entre el orden jurídico formal y una materialidad social que asfixia a los infortunados de ser víctimas de la violación a sus derechos. Bajo el pretexto de una "no preocupación", hemos convertido el egoísmo en costumbre, olvidando que cómo reaccionamos ante el dolor del otro es la única medida real de nuestro nivel de civilidad.
La dignidad se compone de razón y autonomía; es el valor intrínseco que prohíbe nuestra instrumentalización. El sufrimiento vulnera esta esencia porque anula la capacidad de autodeterminación, reduciendo al ser humano a la mera supervivencia biológica. Por ello, los derechos humanos deben ser respetados no solo por autoridades, sino también por las personas. El orden jurídico exige una transición hacia la eficacia horizontal donde los ciudadanos tienen la obligación directa de respetar la dignidad ajena.
Ahora, si el fin último de los derechos humanos es salvaguardar la integridad y la dignidad, el sufrimiento injusto es la prueba de que el sistema ha fallado. ¿Y qué respuesta tenemos ante ello? A menudo, el sistema responde al dolor con fría burocracia, donde la institucionalización de la indiferencia es quizás la forma más cruel y la primera forma de revictimización, pues cuando el ciudadano busca justicia y solo encuentra un mostrador que le pide paciencia mientras su dignidad se desmorona. La burocracia se convierte así en un escudo para no sentir, donde el trámite importa más que el sufrimiento humano.
No podemos ser déspotas en nuestras relaciones humanas, por más que sean institucionales, pues si un comercio discrimina, un ciudadano ignora el dolor de quien muere a su lado o cualquier otro perjuicio humano, hay una transgresión que el espíritu del derecho debe condenar o, por lo menos, advertir.
Debemos entender que la indiferencia no es la ausencia de acción, sino una forma pasiva de complicidad. Al desviar la mirada, otorgamos un permiso tácito para que el abuso continúe. La neutralidad no existe frente al dolor; el silencio es una decisión política que normaliza la barbarie.
Los derechos humanos están en la mirada que sostienes con el que sufre. VIVE SIN MIEDO A LA EMPATÍA. LA DIGNIDAD ES LA SEGUNDA GÉNESIS DE LOS DERECHOS HUMANOS, SE ESCRIBE Y MATERIALIZA CON LA ACCIÓN.
Y tú, ¿qué vas a hacer con tu silencio?




