Nada Personal
La historia suele ser irónica, los hombres que alguna vez derribaron una dictadura terminan, con frecuencia, reproduciendo los mismos mecanismos de poder que combatieron. Pocas trayectorias ilustran con tanta claridad esa paradoja como la de Daniel Ortega.
En julio de 1979, miles de jóvenes sandinistas ingresaron triunfantes a Managua convencidos de que iniciaban una nueva etapa para Nicaragua. Habían derrotado a la dinastía de los Somoza, símbolo de un régimen sostenido por la concentración del poder, la represión política, el control de las instituciones y la subordinación de los intereses nacionales a un reducido grupo gobernante. La Revolución Sandinista no solo buscaba sustituir a un presidente; pretendía erradicar una forma de ejercer el poder.
El ideario del Frente Sandinista de Liberación Nacional descansaba sobre principios que trascendían la lucha armada: justicia social, soberanía nacional, participación popular, pluralismo político y construcción de instituciones al servicio del pueblo. Aquella revolución aspiraba a impedir que Nicaragua volviera a quedar sometida al dominio personal de un solo hombre.
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