Nada Personal
Cada 8 de marzo las calles se tiñen de violeta, en armonía y compañía de la sombra de las jacarandas, miles de voces se unen para exigir seguridad, equidad y políticas públicas eficaces.
Sin embargo, detrás del eco de las consignas, tenemos unas realidad invisible y dolorosa: la de niñas y adolescentes cuyas vidas no les pertenece.
Resulta paradójico que, en pleno 2026, mientas la inteligencia artificial redefine nuestro futuro, los llamados “usos y costumbres” prevalezcan por encima de los derechos de las niñas, niños y adolescentes.
Bajo el disfraz de la tradición, persiste una práctica denominada: cohabitación forzada.
Una “costumbre” que es delito.
No, no es la boda soñada, ni un acuerdo familiar romántico. La cohabitación forzada es la unión impuesta y coaccionada de una menor de 18 años con un hombre -generalmente mayor-, sin su consentimiento.
Un acto que silencia sueños, especialmente en comunidades indígenas.
Aunque el Senado de la República, ya dio un paso histórico al tipificarlo como delito federal, la lucha apenas comienza, la verdadera justicia depende de que cada Estado integre las sanciones en sus propios Códigos Locales.
En Puebla, el pasado 5 de febrero se presentó la iniciativa para reformar el Código Penal por el cual se reforman el artículo 128 Bis y adiciona una Sección Novena, Denominada “Cohabitación Forzada”, al Capítulo Undécimo, denominado Delitos Sexuales, adicionando el artículo 278 Undecies, siendo el estatus actual, en trámite.
Más allá de marzo, el color violeta y las jacarandas: ¿Qué nos toca hacer?
La reflexión nos obliga a mirar más allá de la protesta anual, como sociedad y gobierno, podemos cuestionarnos lo siguiente:
¿Están las instituciones de los tres niveles de gobierno, gestionando soluciones reales o solo reaccionando?
¿Es suficiente con talleres y campañas que aparecen solo en marzo, omitiendo el resto del año?
¿Qué estamos haciendo NOSOTROS para dejar de normalizar la violencia disfrazada de tradición?
¡Niñas, no esposas! ¡Niñas, no mercancía!




