Notas para un lector improbable
Durante meses, la Vía Atlixcáyotl se convirtió en un corredor de incertidumbre. Automovilistas que regresaban a casa, familias que transitaban de noche y trabajadores que utilizaban diariamente esa arteria vivieron bajo la amenaza de un agresor invisible. En el imaginario colectivo, el responsable tenía un perfil predecible: En el imaginario colectivo, el responsable tenía un perfil predecible: un delincuente común, un miembro de una célula delictiva o alguien vinculado a los circuitos tradicionales de la criminalidad.
El presunto responsable de sembrar el terror en una de las vialidades más importantes de Puebla no era un desconocido para las élites económicas y políticas. Era un empresario consolidado, expresidente de una cámara empresarial, promotor de actividades deportivas y un hombre que durante años cultivó una imagen pública de éxito, liderazgo y respetabilidad.
El caso de Rafael Zabalza Beraza no solo desmanteló al llamado "tirador de la Atlixcáyotl"; también destruyó una de nuestras más peligrosas ingenuidades: creer que la violencia y la perversidad habitan exclusivamente en la marginación.
La historia está llena de hombres capaces de hablar de valores en público mientras alimentan sus peores impulsos en privado. El verdadero peligro no es que se oculten, sino lo bien que se integran en los espacios de poder y confianza.No estamos hablando de un hombre que obtuvo un arma de manera clandestina. La pregunta que hoy exige una respuesta pública es otra: ¿cómo un individuo con este perfil pudo contar con ocho licencias vigentes de portación de armas?
La seguridad de una sociedad no se mide únicamente por el número de patrullas o por la altura de las bardas de sus fraccionamientos privados. También se mide por la capacidad de las instituciones para vigilar, sin privilegios ni excepciones, a quienes ostentan el poder económico y la influencia política.
Sin embargo, el rostro más doloroso de esta historia no está en los parabrisas perforados ni en las estadísticas del miedo. Un niño que hoy carga las consecuencias físicas y emocionales de haberse encontrado en el camino de alguien que, presuntamente, convirtió la violencia en un acto recreativo. La bala que impactó su mandíbula es el recordatorio más brutal de que las fantasías de omnipotencia tienen víctimas reales, familias devastadas y cicatrices que permanecerán mucho después de que las cámaras dejen de apuntar hacia el caso.
La ciudadanía espera una investigación impecable, ajena a presiones económicas, relaciones políticas o estrategias jurídicas encaminadas a diluir responsabilidades. La salud mental, en caso de acreditarse, deberá ser atendida conforme a la ley, pero jamás utilizada como un atajo para la impunidad.
Porque la justicia no puede tener precio.
El caso del tirador de la Atlixcáyotl es, en realidad, un espejo incómodo para Puebla. Nos recuerda que el mal no siempre llega desde la periferia, ni viste de manera estridente. A veces conduce vehículos de lujo, firma contratos, preside organismos empresariales y habita detrás de los muros más exclusivos de la ciudad.
La verdadera seguridad comienza cuando dejamos de asumir que la decencia se compra con un apellido, una empresa o una firma estampada en un convenio de colaboración.
Porque, al final, las balas también pueden salir desde los lugares donde menos queremos mirar. Y precisamente por eso, hoy más que nunca, debemos ponerlo a la vista pública.




