Chile en nogada deja derrama de más de 2 mil mdp en Puebla
PUEBLA, Pue., 1 de noviembre de 2025.- En el barrio del Carmen, ubicado en la parte sur de la ciudad de Puebla y uno de los primeros que se formaron tras la fundación de la Angelópolis, existió el cementerio de Santa María del Carmelo, el cual fue edificado por los frailes Carmelitas.
El 5 de febrero de 1844 esta congregación inició la construcción del panteón a un costado de su convento, sobre lo que actualmente es la calle 16 de Septiembre entre las avenidas 17 y 21 Oriente.
Este camposanto operó durante 36 años, hasta que fue clausurado en 1880 y en 1920 desaparecieron los últimos vestigios de esa necrópolis.
En el libro Las Calles de Puebla del escritor alemán Hugo Leicht Meyer, se narra que el cementerio de Santa María del Carmelo era un espacio grande, de forma octagonal, con árboles y flores en el centro, conformado por cuatro corredores de 88.3 metros de largo por tres de ancho.
Explica que tenía 96 columnas góticas que sostenían al mismo número de arcos de medio punto con 4.2 metros de alto cada uno.

Asimismo, informa que en las paredes había cinco filas de gavetas para adultos y dos para infantes coronadas con una pequeña cornisa, y se encontraban al fondo de los corredores.
Resalta que la edificación contaba con un gran portón de estilo Dórico, en el que arriba del arco y separadas por un ánfora, se veían dos figuras femeninas que eran la representación de La Parca.
Expresa que la gente de aquella época desconocía de iconografía romana, motivo por el cual las empezó a llamar lloronas o comadres.
De igual forma, empezaron contar que al caer la noche peleaban entre ellas. Aseguraban que empezaban a reñir a partir de las ocho de la noche y que si transitabas por ahí se escuchaban las discusiones, pero justo cuando amanecía se callaban.
Con el correr de los años, la leyenda contaba que, por las noches, las comadres cobraban vida y gozaban espantando a quienes cruzaran en su camino con sus ojos que parecía que irradiaban fuego.
Remarcaban que peleaban más si lo hacían frente algún trasnochador. La historia se escuchaba con escepticismo, pero lo cierto, decían, es que al día siguiente aparecían montones de cabellos regados sobre la acera, que en aquel entonces delimitaba el término de la ciudad.
Otros, mencionaban que ambas figuras descendían de la fachada y después de hacer su recorrido por las calles aledañas al panteón para espantar a quien se cruzara en su camino, regresaban al portón para ocupar su lugar y ahí se la pasaban peleando y discutiendo hasta entrada la primera luz del alba.
Los vecinos de la zona decían que las discusiones de las comadres fue un castigo divino porque en vida fueron grandes amigas, gozaban de una amistad entrañable. Desgraciadamente, una de ellas empezó a sentir envidia por la otra y esto las fue separando hasta crear una enemistad absurda, llena de odio.
Incluso exponían que muchas fueron las personas que intervinieron para que las mujeres limaran asperezas, pero siempre fue inútil.

Incluso, un fraile, al darse cuenta de las discusiones violentas entre las mujeres, intervino, pero todo fue en vano. Harto de los altercados llenos de gritos y amenazas diarias, un día el religioso sentenció:
“Si no les basta esta vida para superar las diferencias, vagarán por toda la eternidad ensimismadas en estériles discusiones”.
Lo cierto es que, al caer la noche, no había mortal que fuera capaz de pasar por El Carmen y mucho menos acercarse al cementerio de Santa María del Carmelo, quien lo hacía era porque su paso por este lugar era forzoso o porque desconocía lo que sucedía con las comadres.
Era tal el fanatismo de la época entre la gente que las iglesias realizaban el famoso “toque de ánimas” que recuerda a los difuntos y se hacía cuando casi era de noche pero todavía había un rastro de luz en el aire. Ese era el momento definitivo de retirarse a casa. “El repicar de las campanas anunciaba que las almas en pena tenían permiso para bajar a espantar a quien osara permanecer en las calles de noche”, creían.
