19S: Peligran edificios emblemáticos por el paso del tiempo
PUEBLA, Pue., 27 de octubre del 2025.- Puebla vive una de las etapas más críticas de su historia reciente en materia de inseguridad. La violencia que hoy se refleja en ejecuciones, enfrentamientos armados, desapariciones y extorsiones no surgió de la nada, sino es el resultado de una serie de hechos que marcaron un antes y un después en la escalada criminal del estado.
A lo largo de la última década, varios sucesos investigados por Quadratín Puebla—muchos con tintes de impunidad y colusión institucional— sirvieron de parteaguas para el deterioro del orden público.
El Triángulo Rojo y el nacimiento del huachicol
El punto de inflexión llegó entre 2015 y 2017. El llamado Triángulo Rojo, una franja que abarca Palmar de Bravo, Quecholac, Tepeaca, Acatzingo, Tecamachalco y Amozoc, se convirtió en el corazón del robo de combustible a los ductos de Pemex.
El negocio del huachicol no solo generó fortunas ilícitas; también construyó poder territorial. Bandas como las de El Bukanas, El Toñín y Los Villegas impusieron su ley a sangre y fuego. Los enfrentamientos con fuerzas federales, las emboscadas y las ejecuciones se volvieron parte de la vida diaria.
La caída de Roberto de los Santos, El Bukanas, en 2018, lejos de frenar el fenómeno, lo fragmentó. Decenas de grupos menores se repartieron la zona y diversificaron sus negocios hacia el secuestro, el robo de transporte y el narcomenudeo. El Estado perdió el control territorial de buena parte del centro poblano.
El caso Huejotzingo: la indignación que no cambió nada
El 24 de febrero de 2020, tres estudiantes —dos de nacionalidad colombiana y uno poblano— fueron asesinados junto con un conductor de Uber tras asistir al Carnaval de Huejotzingo.
El caso desató protestas, marchas y condenas nacionales. Sin embargo, la investigación mostró el rostro más crudo de la descomposición institucional: policías municipales implicados, versiones contradictorias y un intento de encubrir el crimen.
A partir de entonces, el miedo y la desconfianza hacia los cuerpos de seguridad se profundizaron.
La guerra del narcomenudeo en la capital
Desde 2021, Puebla capital se convirtió en escenario de una disputa abierta por el control del narcomenudeo.
Células del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), Los Zetas Vieja Escuela, El Mamer y remanentes del Cártel de Sinaloa comenzaron una guerra soterrada por las colonias del norte y oriente de la ciudad.
Bosques de San Sebastián, La Resurrección, El Salvador, Clavijero y la 46 Poniente son hoy sinónimo de balaceras, ejecuciones y levantones.
El crimen dejó de esconderse: los mensajes firmados con iniciales de cárteles, las ejecuciones con sello y los cuerpos embolsados en plena vía pública se normalizaron.
Las autoridades estatales empezaron a reconocer focos rojos.
La mutación del crimen: del huachicol al huachigas
Cuando el combate al robo de gasolina endureció los operativos, las bandas encontraron un sustituto más rentable y menos vigilado: el gas LP.
El llamado huachigas dio origen a una nueva oleada de violencia en municipios como San Martín Texmelucan, Amozoc, Puebla capital y Tlaltenango.
Grupos como el de El Toñín, Los Chagas y Los Meza no solo controlaban tomas clandestinas y pipas, sino que mantienen redes de complicidad con autoridades locales.
El fenómeno escaló cuando personajes vinculados a estos grupos comenzaron a financiar campañas municipales, infiltrando la política con dinero del crimen.
El asesinato del edil de Acatlán de Osorio y el mensaje al poder
En 2023, el asesinato del presidente municipal de Acatlán de Osorio cimbró al estado. No fue un crimen pasional ni un robo: fue un mensaje.
El edil había denunciado amenazas y presiones de grupos delictivos que buscaban controlar la policía municipal.
Su muerte confirmó lo que ya era un secreto a voces: los alcaldes en regiones con presencia criminal están solos.
Desde entonces, varios presidentes municipales y mandos de seguridad en el interior del estado han sido asesinados, secuestrados o desplazados.
A partir de estos hechos, Puebla entró en una espiral de violencia sostenida.
Los homicidios dolosos, las desapariciones y los enfrentamientos armados se multiplicaron.
Las balaceras ya no ocurren en la periferia, sino en avenidas, bares, plazas comerciales y hasta zonas residenciales.
La población vive bajo la sombra del miedo. Pocas denuncias prosperan, y las víctimas optan por el silencio.




