Sobreviven grupos criminales en Puebla a la caída de sus líderes
PUEBLA, Pue., 30 de octubre de 2025.- “En 1970, el Colegio de Arquitectos y las autoridades del Ayuntamiento de Puebla planearon demoler el mercado de La Victoria bajo el argumento de que era obsoleto y viejo, además de que obstruía la circulación sobre la avenida 6 Oriente-Poniente”, recordó Jorge Eduardo Zamora Martínez, quien por más de 42 años se ha dedicado a recabar la historia de la ciudad de Puebla y que es conocido como el Barón Rojo.
“En aquellos años, la ciudad creció a un nivel incontrolable. El tránsito entre la 6 Poniente del lado de la 3 Norte y en la 5 de Mayo y la 6 Oriente era terrible. La circulación en Puebla no tenía los bulevares que ahora tienen, la única calle ancha que había era el bulevar Cinco de Mayo (…) los colegios de arquitectos se les ocurre la puntada de (proponer) partir el mercado La Victoria y prolongar la 6 Poniente”, contó.
Expresó que el proyecto fue estudiado, “querían demoler todo y abrir el paso a la circulación, pero por presiones de la sociedad y de los comerciantes se frenó tan absurdo proyecto. Es el edificio colonial más grande que tenemos y se frenó el proyecto, pero este, sí existió”.
Añadió que incluso se propuso que se hiciera un paso a desnivel, “por debajo del mercado desde la 6 Oriente y que saliera por la calle de Los Gallos, pero ahí había el problema de que era la Central de Abasto. En aquella época, 1971-1972, había un movimiento de poco más de 600 camiones de carga cada 24 horas en esa vialidad, en la 3 Norte y la 6 Poniente”.
Comentó que “entre esas puntadas de loco se les ocurrió tumbar el mercado. Querían pasar el reloj, que fue tallado por Jesús Corro Soriano, a un costado de su sitio original, ponerlo de ladito. Iba a ser una obra espantosísima millonaria, un gobierno de aquel entonces no iba a poder sostener una obra de ese tamaño”.
Mencionó que en 1974, el Ayuntamiento de Puebla decidió sacar todo ese flujo de camiones y para ello determinó trasladar como centro de abasto.
“De manera provisional, en la 3 Oriente, desde el Puente de Ovando hasta donde era la Embotelladora Okey, en la 18 Sur, en lo que ahora es una universidad. Ahí duró muchos años, hasta 1984 más o menos, que ya se inaugura la nueva central en la zona norte de Puebla”.
Evocó que “en 1974 la ciudad concluía en la parte norte, en el estadio Cuauhtémoc; en el lado sur, en el bulevar Valsequillo; del lado oriente, en el puente de la Garita; y del lado poniente, en La Libertad, que ya estaba integrada a la ciudad, y ahí se acababa la ciudad, imagínate de qué tamaño era”.
El profesor de profesión expresó que la obra diseñada por el arquitecto español Julio de Saracíbar “es tan majestuosa y afamada que en todas las facultades de Arquitectura en España lo toman como base para enseñar la carrera, incluso su trabajo es rúbrica en muchas ciudades ibéricas y aquí en Puebla iban a demoler su trabajo”.

Aunque lamentó que las décadas de los años sesenta y setenta fueron criminales para el patrimonio poblano.
“Más de 130 casas coloniales del centro histórico pasaron a la historia: casas porfirianas, francesas, inglesas, moriscas, entre otras, terminaron sus días convertidas en horrendos cajones de vidrio”, se quejó.
Asimismo, señaló el daño que le hicieron a la Capilla del Rosario en ese periodo.
“En la esquina donde está el atrio, ahí era donde se vendía el forraje para animales. En 1936, un político vende esa propiedad a dos particulares que se llamaban Abelardo y Basilio Sánchez Gutiérrez, quienes ponen una papelería que se llamó La Tarjeta. Construyen ese edificio y en 1969 se les ocurre modernizarlo y lo tumban, pero lo hacen con maquinaria, dañando la Capilla del Rosario, la quebraron a lo largo, sintieron los cimientos de ese lado y quebraron las paredes. (Por ello), les clausuran el negocio”.
Recordó que la capilla fue restaurada en 1972 y en el altar principal, El Baldaquinos, en el costado derecho hay una placa donde se indica cuando la Fundación Jenkins la reconstruyó.
Señaló que el mercado La Victoria ha sido motivo de controversias desde sus orígenes hasta nuestros días.
Narró que La Victoria se construyó sobre los terrenos que pertenecieron a la huerta y jardines del monasterio de Santo Domingo y que durante la aplicación de las Leyes de Reforma, a la muerte de Benito Juárez, los dominicos pierden estos terrenos que son lotificados y vendidos a particulares.
“Se le expropian las dos manzanas colindantes con la 3 Norte y la manzana norte, contigua a la 8 Poniente, para ser vendidas”, precisó.
Explicó que en sus orígenes el mercado se formó por barracas de madera sin ningún orden; es hasta 1907, siendo gobernador del estado Mucio Práxedes Martínez, cuando se realiza una convocatoria para el diseño y la construcción de un nuevo mercado, al cual se le va a nombrar La Victoria.
“El diseño se le otorga al arquitecto español, Julio de Saracíbar, quien realiza para su construcción un total de 88 planos, ocho que presentó para obtener el contrato y 80 más para su construcción”, informó.
Expresó que la construcción del centro de abasto inició en 1907 bajo la conducción del citado arquitecto español, quien tuvo que regresar a la madre patria en 1909 por cuestiones personales y ahí fallece, “dejando la obra inconclusa y sin dejar a nadie a cargo de la obra”.
“Posteriormente la administración contrató al arquitecto Francisco Tamariz Oropeza para hacerse cargo de la dirección de la obra, quien la ejecutó tan perfectamente que el nombre de Saracíbar e puede decir que pasa al olvido”, rememoró.
Indicó que muestra de ello es que Tamariz Oropeza le puso su rúbrica a la obra: “Él diseñó el Hospital UPAEP, en la 5 Poniente; terminó de diseñar la Penitenciaria en la Reforma y 13 Norte, porque estaba inconclusa; diseñó el quiosco del Paseo Bravo, diseñó la casa donde ahora se encuentra la Universidad Alba Edison, todas tienen un torreón y en el caso del mercado, en casa esquina hay un torreón”.

Detalló que Francisco Tamariz colocó torreones “llamados minarete, que son nada más de adorno. Él terminó el diseño y la construcción del mercado, pero como se acabó el financiamiento quedó inconcluso, hay tres del lado de la 4, en la 3 Norte otros dos, pero del lado de la 8 Poniente solo hay uno y están los espacios vacios de dos que faltaron, ya no alcanzó el dinero para construirlos”.
Asimismo, apuntó que el centro de abasto tuvo tres inauguraciones: la primera, en 1912; la segunda, en 1913; y la tercera, en 1915.
“Esto debido a que por causas del inicio del movimiento armado de noviembre de 1910 se suspenden las obras, reanudándose hasta finales del año 1911, cuando se retira el gobernador Mucio P. Martínez y, lógicamente, también se retiran los inversionistas particulares que financiaban la obra, haciéndose cargo de esta el gobierno del estado”, mencionó.
Aludió: “Esto consta en tres placas, una ubicada en la 3 norte y 6 poniente; otras en la 5 de mayo y Santa Clara, en el arco de piedra; y la tercera placa quedó oculta dentro de las mamparas de las paredes falsas, de Suburbia”.
Para el Barón Rojo el quiosco que se encuentra en el corazón del mercado La Victoria es una de las más imponentes de Puebla.
“La obra está hecha de hierro forjado y embellecido en la cúspide con vitrales, que lo hacen lucir con esplendor. Al ser el eje central del comercio, ahí se vendían flores, aunque actualmente funge como un lugar que adorna el sitio”.
Evocó que en el centro del quiosco existe una placa con coordenadas que al verificar “te darás cuenta que es la dirección del mercado La Victoria. El quiosco es de estilo mudéjar, su estructura fue prefabricada y traída desde Francia, y la unión de las piezas fue hecha con remaches. El autor fue el maestro Enrique Cañas, quien supo bien perfeccionar su trabajo con la arquitectura de Julio de Saracíbar”.
El cronista e historiador poblano resaltó que ese centro de abasto permitió que muchas personas salieran de la humildad para destacar en la sociedad poblana. “Entre ellos, Enrique Montero Ponce. Su mamá tenía un puesto allá adentro. Todavía hasta la fecha, sobre la 2 Norte esquina con la 8 Poniente hay un negocio de venta de marcos que ha de ser un descendiente o pariente de él, porque se llama (la tienda) marcos Ponce”.
De igual forma, apuntó que de ahí surgió Urbano Deloya Cobián, quien para él fue el único mexicano que supo la verdad de lo que ocurrió en Tlatelolco en 1968 porque fue el secretario particular de Gustavo Díaz Ordaz.
“Fue su secretario cuando fue presidente municipal, diputado, senador, gobernador y presidente. Hasta que murió Díaz Ordaz dejó de ser su secretario particular (…) Hubo dos personas que supieron qué pasó, una fue Irma Serrano, porque Gustavo Díaz Ordaz vivía con ella y ya no con su esposa, y el otro fue Urbano Deloya”.
Apuntó que los papás de Urbano Deloya tenían un puesto de rebozos en la esquina de la 3 Norte y 4 Poniente.
“También se cuenta la leyenda que en una carnicería del mercado trabajó Javier Solís de chamaco y cantaba. Existieron muchas leyendas”.
Contó que las cemitas salieron de ahí para irse al mercado del Carmen y otras más, posteriormente, se fueron al mercado Morelos y El Victoria, que está en la zona del barrio de Xonaca.
Anotó que sobre la avenida 8 Poniente estaban las cocinas, las chalupas, las nieves, las verdulerías, los productos cárnicos y los fierros viejos. “En las tres puertas de esa vialidad, por las noches, se vendía chileatole y esquites”.
Evocó que sobre el portal de la 3 Norte, se concentraban los puestos de barbacoa, molotes, jarcería y, en la puerta del reloj, las cemitas. “Del otro lado había mercerías, boneterías y telas. (Ahí) En las noches se vendían tamales y atole”.
Recordó que sobre la avenida 4 Poniente había tiendas dedicadas a la venta de telas, bonetería, ropa y accesorios.
“(Así como) un local de venta de marcos y cuadros, de Anita Ponce, quien, como te dije, parece que fue familiar de Enrique Montero Ponce”.
Apuntó que la puerta conocida como El Atrio, era el acceso a las pescaderías y marisquerías. “Las más famosas eran Las Gándaras, El Puerto y la Laguna de Alvarado, que fueron de dos hermanos, cada uno tuvo la suya”.
Expresó que todos los pasillos llegaban al quiosco de flores, la enorme mole de hierro que albergaba a todas las floristas, “como Benita, quien fabricaba coronas para los difuntos, así como ramos y arreglos para bodas”.
Entre los personajes de esa época recordó a Don Hilario Percino, quien tenía su escritorio público; “así como a un señor que vendía los deliciosos panes conocidos como mamones”.
Platicó que el acceso por la avenida 6 Poniente era conocido como la entrada de Santo Domingo. “Ahí se encontraban la famosa nevería La Siberia, la mercería Los Gordos y la de la familia Yitani Tufic, así como la zapatería de Don Lalo Bojalil, la tienda de ropa El Nilo, la bonetería de Don Abraham Fenic y un sinfín de mochilerías de cuero”.
Rememoró que como todos los mercados tradicionales, La Victoria tenía también vida exterior, a su alrededor se asentaron grandes negocios, algunos de los cuales aún perduran.
“Entre los que existieron te puedo mencionar a la juguetería El Ángel, que más tarde se convirtió en la farmacia Teresiana; la joyería y regalos London, el café Tres Gallos, la tlapalería Iris, la casa fotográfica Puerto Vallarta, la papelería La Tarjeta y otros más”.
“En cada una de sus salidas vendían telas y casimires, del lado sur, eran abarrotes (…) en el lado norte estaban las fondas y restaurantitos. Afuera, del lado de la ocho todavía subsisten las zapaterías; del lado de la cuatro, afuera había fonditas y todavía subsiste en la esquina de la cuatro norte y la seis, mixiotes Barradas, tenía dos locales, uno sobre la cuatro y el otro sobre la ocho”, concluyó.





