Nada personal
“Cada generación se imagina más inteligente que la anterior y más sabia que la que vendrá después.”
Hay algo curioso en la manera en que las generaciones envejecemos: olvidamos lo ridículos que fuimos.
Hoy, algunos millennials observan a los jóvenes de la Generación Z haciendo sus famosas batallas de “farmeando aura” y reaccionan con una mezcla de desconcierto, burla y superioridad moral. Los ven reunirse en plazas, calles, parques o centros comerciales para enfrentarse, posar, bailar, improvisar o demostrar quién tiene más presencia, y piensan: “¿Qué clase de tontería es esta?”.
Así que es momento de ejercitar la memoria, porque muchos de esa generación han olvidado su primer video cargado en Facebook.
Antes del “aura” estuvieron el Tectonik, los videos de YouTube y el Harlem Shake.
Los padres de los millennials, al ver a sus hijos intentando ser “emos”, debieron preguntarse: “¿Qué demonios están haciendo?”. También debieron sentir mucha pena al ver que su hija o hijo quería salir así a la calle. Sin embargo, los jóvenes de aquella época se esforzaron mucho por hacer valer su derecho a encontrar su propia identidad.
Los millennials fueron la generación de Metroflog, Hi5, MySpace y YouTube. También fueron los protagonistas del Tectonik y de los videos caseros; participaron en los retos virales de la época y convirtieron el Harlem Shake en una epidemia mundial de personas haciendo el ridículo frente a una cámara.
De esa generación surgieron los primeros youtubers que monetizaron sus “tonterías” y que, después, inspiraron a muchos jóvenes a intentar replicarlas.
¡Y fue divertido!
Se reunían con amigos, grababan videos y, más que nada, querían demostrar que eran buenos en algo.
¿Te llega algún recuerdo?
Porque es exactamente lo que hace la juventud actual.
Los millennials manejaban Facebook y YouTube; la Generación Z maneja TikTok, Instagram y otras plataformas capaces de convertir una escena ocurrida en una plaza en un fenómeno visto por miles o millones de personas.
El millennial presumía su estilo, su grupo de amigos o su habilidad para bailar. El joven actual puede “farmear aura” al demostrar presencia, seguridad, carisma o capacidad para dominar una “batalla”.
Pero debajo de toda esa tecnología y de esas diferencias hay algo profundamente humano: la necesidad de pertenecer y de ser reconocido por los demás.
Por eso, quizá se está cometiendo un error cuando se burlan de sus “batallas de aura”.
Hoy estamos viendo a una generación haciendo lo que casi todas las generaciones jóvenes han hecho: inventar sus propios códigos, sus propias modas y sus propias maneras de ocupar el mundo.
Y aquí aparece una diferencia que nos debería llamar la atención.
Los millennials vivieron una adolescencia en la que todavía existían muchos espacios sin cámaras. Podían hacer el “ridículo” frente a veinte amigos y, con un poco de suerte, al día siguiente el asunto había quedado olvidado.
La juventud actual, en cambio, vive en un mundo hiperconectado, donde prácticamente cualquier cosa puede ser grabada, publicada y hacerse viral.
La presión por ser observado puede ser mucho mayor.
Y es precisamente por eso que deberíamos hacer algo distinto a criticarlos: acompañarlos.
Si un grupo de jóvenes quiere reunirse en una plaza para bailar, improvisar, hacer una batalla de aura o simplemente pasar el rato, quizá nuestra primera reacción no debería ser preguntar por qué están haciendo semejante tontería.
Podríamos preguntarnos algo más importante:
¿Dónde más podrían hacerlo?
Durante años hemos construido ciudades que parecen diseñadas para que los jóvenes no hagan nada.
Bancas incómodas para que la gente no se quede mucho tiempo; departamentos pequeños donde no se debe hacer demasiado ruido; prohibiciones para bailar en la calle; espacios públicos donde los automóviles tienen prioridad. Y después criticamos que las infancias y adolescencias pasen horas detrás de una pantalla.
Quizá deberíamos celebrar que todavía existen jóvenes dispuestos a salir de casa, encontrarse con otros, ocupar una plaza, reírse, competir, hacer el ridículo y construir recuerdos juntos.
Porque si la juventud no es la etapa de la vida para hacer tonterías, entonces sería un desperdicio.
A los millennials quizá les vendría bien recordar sus propias fotografías incómodas, sus peinados cuestionables, sus videos de YouTube y aquellos bailes que hoy preferirían sepultar.
Y a la Generación Z quizá le correspondería recordarnos algo que, con los años, los más grandes hemos olvidado: que el espacio público también es para divertirse.
No necesitamos entender cada tendencia para respetarla.
No necesitamos participar en cada moda para reconocer que detrás de ella hay personas intentando encontrar su lugar en el mundo.
El Tectonik pasó, al igual que el Harlem Shake, Metroflog y la moda emo. Entonces, el “aura” también pasará.
Mañana, los jóvenes de la Generación Alpha inventarán otra palabra, otra competencia, otro baile u otra forma de hacer el ridículo que seguramente los centennials no entenderán.
Afortunadamente habrá un eco que resuene en sus memorias y les diga:
“Nosotros también fuimos así”.
Porque, al final, más que generaciones enfrentadas, son generaciones hablando lenguajes distintos para expresar prácticamente lo mismo:
Queremos pertenecer, divertirnos y sentir que este mundo también es nuestro.
Y quizá esa sea la verdadera lección de las batallas de aura: no tenemos que combatirlas.
Tenemos que dejar que fluyan.
Y, sobre todo, devolverles a los jóvenes el derecho de ocupar nuestras calles, plazas y parques para hacer algo que parece cada vez más revolucionario:
Simplemente pasarla bien.




