Columna Descomplicado/Jorge Robledo
El sábado 11 de abril fue un día complicado para Alejandro Armenta.
Primero, en pleno evento en San José Chiapa, donde presumía, al lado de la presidenta Claudia Sheinbaum, la entrega de vivienda social, fue abucheado por parte de la población. El motivo: la falta de socialización del proyecto de recicladora en el municipio.
“¡Armenta, priista, eres oportunista!”, le gritaban.
El ambiente fue tenso. Aunque había porras organizadas por la estructura de Morena, no se pudo ocultar el descontento de ciudadanos que exigían explicaciones e incluso la renuncia del mandatario estatal.
Horas más tarde, durante la inauguración del evento Glow México, festival de luz, arte y tecnología, en el Centro Histórico de Puebla, el gobernador y el alcalde José Chedraui también fueron abucheados.
El evento evidenció una práctica que la ciudadanía reconoce cada vez más: la exclusión. Mientras un grupo reducido de invitados ocupaba los espacios privilegiados, la mayoría de los asistentes permanecía detrás de las rejas de la catedral, intentando observar un espectáculo que, en teoría, era para ellos.
A la gente no le gusta ser tratada como espectadora de segunda.
¿Por qué este rechazo cada vez más visible?
Todo liderazgo político debe sostenerse en principios básicos: apertura, transparencia y equidad. Cuando estos fallan, la reacción social es inevitable.
Lo ocurrido en ambos eventos no es casualidad. Refleja una forma de gobernar donde los proyectos se anuncian antes de ser discutidos, y donde la ciudadanía es informada, pero no tomada en cuenta.
Aunque Alejandro Armenta y José Chedraui buscan proyectarse como líderes cercanos al pueblo, los hechos contradicen ese discurso. Los eventos cerrados, las decisiones unilaterales y la falta de consulta generan distancia, no cercanía.
¿Se puede corregir?
Sí, pero requiere más que ajustes superficiales. Implica replantear equipos, asesores y, sobre todo, la forma en que se toman decisiones.
No es menor que en distintas administraciones se hayan reciclado perfiles políticos provenientes de otros proyectos, incluyendo figuras vinculadas al morenovallismo y a estructuras tradicionales del poder. Esto no solo impacta la operación del gobierno, sino también su identidad.
Aquí surge una comparación inevitable con Andrés Manuel López Obrador. Más allá de posturas ideológicas, su estilo de gobierno se caracterizó por mecanismos —cuestionables o no— de consulta directa a la población.
Un ejemplo fue la consulta realizada en 2020 sobre la planta de Constellation Brands en Mexicali, donde la decisión ciudadana llevó a la cancelación del proyecto.
Hoy, en Puebla, proyectos como la recicladora en San José Chiapa o el teleférico (cablebús) avanzan sin ejercicios similares de participación.
Esa es la diferencia de fondo.
No se trata solo de quién gobierna, sino de cómo se gobierna.
Porque cuando un gobierno que se dice del pueblo actúa sin el pueblo, inevitablemente reproduce prácticas del pasado.
Y entonces, la pregunta deja de ser incómoda para volverse evidente:
¿Realmente cambió el régimen, o solo cambió el partido?
Nos leemos pronto.




