Nada Personal
En los últimos días, el caso de Blanca Adriana estremeció a la sociedad por la forma tan deshumanizada de "desaparecer" evidencias de un crimen. Claramente, el problema se enfoca en que en Puebla existen consultorios y clínicas de cirugía plástica y estética que operan en la clandestinidad, con personas que no cuentan siquiera con título de medicina general. Pero no solo basta con eso; se requiere la especialidad en cirugía plástica, estética y reconstructiva con título y cédula profesional, además de, preferentemente, estar certificado y respaldado por instituciones de prestigio como consejos y redes hospitalarias.
Los procedimientos estéticos realizados por un profesional certificado suelen tener un costo elevado en comparación al ingreso promedio; por eso, el éxito de "clínicas" que ofrecen sus servicios a precios accesibles. Estos espacios clandestinos se valen de campañas agresivas en plataformas digitales, utilizando ganchos comerciales que minimizan los riesgos reales y prometen transformaciones milagrosas al alcance de cualquiera. Sin menospreciar el problema de la clandestinidad de estas personas y lugares, el problema va más a fondo y tiene que ver con un estándar social que cumplir.
Entre los comentarios que se podían encontrar en redes sociales estaban los siguientes: "le salió caro querer ser bonita" o "se hubiera aceptado como era", poniendo la responsabilidad en ella y no en el entorno, cuando es justamente al revés. A lo largo de la historia, los estándares de belleza femeninos han sido los más exigentes en cuanto a estructura y características físicas, basando en ellas su lugar y valor social.
Hemos transitado de los cuerpos anatómicamente simétricos en la Grecia antigua, al reloj de arena y los corsés, los cuerpos curvos donde las mujeres tomaban pastillas para engordar en los años 60 del siglo pasado y así, resaltar sus formas, luego a la extrema delgadez en los años 90 y, finalmente, a la delgadez combinada con caderas y senos voluptuosos. La presión social por cubrir un estándar de belleza es grande y hoy, con las redes sociales, lo es más; tanto que, en la prisa por cumplirlo, hay personas que lucran y otras que arriesgan la vida.
Sí, parte del problema es la omisión de las autoridades en el cumplimiento de la ley, pero el fondo es cultural. Mientras sigamos consumiendo y validando discursos que reducen a la mujer a su apariencia, seguiremos siendo cómplices silenciosos de estas tragedias. La clandestinidad médica no florece en el vacío; se nutre del miedo al rechazo y de la urgencia por encajar en un molde socialmente premiado. Necesitamos transitar hacia una sociedad donde la salud mental y la aceptación propia dejen de ser lujos y se conviertan en prioridades compartidas. Castigar a las clínicas negligentes es indispensable, pero sanar nuestra conversación colectiva lo es aún más. Dejemos de juzgar las decisiones ajenas y empecemos a cuestionar las exigencias que las provocan. Aprendamos a construir entornos más seguros, solidarios y, sobre todo, profundamente empáticos con los cuerpos y las vidas de los demás.




