Puebla 27
Hubo un tiempo en que la computadora ocupaba un escritorio. Después cupo en una cafetería, en forma de laptop; más tarde, en el bolsillo, con el teléfono inteligente; y hoy late en nuestra muñeca. El siguiente paso ya está a la vista, literalmente: nuestros ojos y nuestros oídos. Las gafas inteligentes dejaron de ser un experimento de laboratorio y se han convertido en la apuesta de las grandes tecnológicas del planeta. Google, Meta, Apple, Samsung, Snap, Microsoft y Alibaba compiten por ser quienes definan cómo veremos el mundo en la próxima década.
A esta visión se le llama realidad aumentada pervasiva: lentes que se usan todo el día, siempre encendidos, equipados con cámaras, micrófonos y sensores que “ven, escuchan y ubican” lo que nos rodea para superponer texto, video o modelos tridimensionales sobre la realidad. Combinadas con inteligencia artificial, estas gafas responderán a nuestra voz, a nuestros gestos y al contexto, y operarán por nosotros las aplicaciones que hoy manejamos con los dedos. Ya no habrá que sacar el teléfono del bolsillo. La información llegará sola, en el lugar y el momento oportunos.
Una promesa seductora
Conviene reconocer que la promesa es atractiva. Quien haya olvidado el nombre de una persona en plena conversación sabe lo incómodo que resulta, y las gafas podrían susurrárselo discretamente. Un estudiante podría ver anotaciones sobre un monumento histórico; un técnico, las instrucciones de reparación sobre la máquina que tiene enfrente; un turista, la traducción de un letrero. Se habla de decisiones más rápidas y precisas, de aprendizaje sin fricción, de un acceso casi sin esfuerzo a todo lo que necesitamos saber.
No soy un tecnófobo y no pretendo serlo desde esta columna. La tecnología ha mejorado la vida de millones de personas, y seguramente esta también encontrará usos valiosos. Pero esa es justo la razón por la que debemos mirarla de frente antes de que se instale en nuestra cotidianidad. Las tecnologías más poderosas suelen ser también las que más rápido se vuelven invisibles, y lo que no se ve, no se discute.
Lo que cambia con unas gafas que nunca se apagan
Un reciente texto de los investigadores Holger Regenbrecht, Kushani Perera y Nadia Pantidi, publicado en septiembre de 2026, pone el dedo en la llaga. Su argumento es que la realidad aumentada pervasiva no es simplemente “otro dispositivo más”. A diferencia del teléfono, que usamos cuando decidimos usarlo, estas gafas llevarán información al usuario sin que este la solicite. Alterarán, literalmente, la manera en que percibimos el entorno.
Eso abre un riesgo sutil y sin precedentes: la distorsión de la percepción de la realidad. Si lo que veo está filtrado, ordenado y enriquecido por un sistema cuyas fuentes no puedo verificar, ¿quién garantiza que lo que se superpone a mi mirada es verdadero, o siquiera neutral? La literatura académica ya ha advertido que el uso prolongado de la realidad aumentada puede desdibujar la frontera entre lo real y lo añadido, y llevar a las personas a ser engañadas. A ello se suman los efectos físicos y cognitivos: mayor carga mental, fatiga, tensión visual y hasta riesgos de daño físico si alguien manipula lo que aparece frente a nuestros ojos mientras caminamos o conducimos.
Además, la pregunta ya no es solo qué ve quien porta las gafas, sino qué ven esas gafas de los demás.
El problema de quienes no eligieron participar
La privacidad es, quizá, el flanco más delicado. Unas gafas con cámaras y micrófonos permanentes convierten a cada portador en un sensor ambulante. Quien camina por la plaza, quien toma un café o quien asiste a una reunión familiar puede ser grabado, identificado y analizado sin haber dado su consentimiento ni haberse enterado. Ya existen aplicaciones para gafas de realidad aumentada utilizadas por corporaciones policiales, lo que anticipa el nivel de dilemas sobre privacidad y dignidad que surgirán cuando estos dispositivos se vuelvan tan comunes como los teléfonos.
Los autores del artículo hablan de una asimetría: la brecha entre quienes tienen la tecnología y quienes no. Una persona con gafas podría recibir información sobre las personas que la rodean, mientras que estas ignoran que son observadas y procesadas. Ahí surgen preguntas que no son menores. ¿Quién podrá pagar estos aparatos? ¿Quién decide qué información recibe cada usuario? ¿Quién controla esos datos? ¿Nacerán nuevas formas de desequilibrio de poder entre quienes ven y quienes son vistos?
En países como el nuestro, donde la desigualdad digital sigue siendo una realidad cotidiana, estas preguntas adquieren una dimensión adicional. Si ya hoy la conectividad y el acceso a dispositivos marcan diferencias de oportunidades, un mundo donde la información útil llegue solo a quienes pueden costear unas gafas de última generación corre el riesgo de profundizar esas brechas, no de cerrarlas.
¿Una “realidad Apple” y una “realidad Google”?
Otra inquietud merece atención. El filósofo David Chalmers, en su libro Reality+, se pregunta si terminaremos habitando una “realidad Apple”, una “realidad Facebook” y una “realidad Google”, es decir, versiones del mundo curadas por la empresa que fabrica nuestras gafas. Si cada compañía decide qué se resalta, qué se oculta y qué se recomienda, la experiencia compartida de la realidad, esa base mínima sobre la que se construyen el diálogo y la deliberación democrática, podría fragmentarse.
No es una especulación alarmista. Basta mirar lo que ocurrió con las redes sociales: plataformas diseñadas para conectarnos terminaron, en buena medida, ordenando lo que vemos según criterios comerciales. Si eso ocurre en una pantalla que podemos guardar en el bolsillo, ¿qué pasará cuando el filtro esté montado frente a nuestros ojos, desde que despertamos hasta que dormimos? A esto se suma la posibilidad de contenidos impuestos por intereses corporativos, publicidad que nos acompañe en cada esquina y sesgos raciales o de género reproducidos por sistemas desarrollados sin suficiente inclusión.
De la crítica a la propuesta
Lo valioso del planteamiento de Regenbrecht, Perera y Pantidi es que no se queda en la denuncia. Descartan dos salidas fáciles: dejar todas las decisiones en manos de las grandes tecnológicas, o que los profesionales de la computación carguen en solitario con todas las consecuencias, o bien se retiren a una cómoda neutralidad ética. En su lugar proponen un modelo de corresponsabilidad, en el que quienes diseñan, programan y dirigen estas tecnologías asumen una postura a favor del bien público y co-diseñan estos sistemas con la sociedad.
Para ello plantean crear lo que llaman un espacio cívico de realidad aumentada pervasiva: una plataforma participativa donde ciudadanos, diseñadores, científicos sociales, empresas, reguladores y usuarios dialoguen sobre cómo debe ser esta tecnología. No se trata de una idea sin antecedentes. El diseño participativo surgió en las décadas de 1970 y 1980, cuando se defendió que los trabajadores tuvieran voz en el diseño de los sistemas informáticos que iban a utilizar, con raíces profundamente políticas y democráticas: el derecho de las personas a codeterminar sus condiciones de vida.
Los propios autores reconocen que no será sencillo. Los “públicos” son heterogéneos y a menudo están en conflicto, y la tecnología ya forma parte de nuestra infraestructura social. Los métodos concretos siguen en discusión, aunque hay puntos de partida, como el diseño especulativo o los laboratorios vivientes, que han funcionado en áreas como la salud rural o el turismo urbano. Lo que sí es claro es que se requiere un enfoque interdisciplinario y una participación genuina de los usuarios.
Por qué esto nos concierne en México
Es tentador pensar que este debate pertenece a Silicon Valley o a los laboratorios de Europa y Asia. Sería un error. Los dispositivos llegarán aquí, como llegaron los teléfonos inteligentes, y lo harán sin que hayamos discutido las reglas. Nuestras universidades, nuestros centros de investigación, nuestras instituciones y nuestra sociedad civil tienen algo que aportar: una mirada propia sobre la privacidad, la desigualdad y el uso responsable de la tecnología.
Necesitamos marcos regulatorios que no lleguen tarde, entendiendo que la protección de datos personales deberá ampliarse para considerar dispositivos que capturan el entorno de manera continua. Necesitamos alfabetización digital que permita a las personas saber qué hacen estos aparatos y qué derechos tienen frente a ellos. Y necesitamos que quienes estudian y desarrollan tecnología en el país asuman, con la misma seriedad con que persiguen la innovación, la responsabilidad de preguntarse para quién y bajo qué condiciones innovan.
Un futuro que se escribe hoy
Nada de esto significa frenar la innovación. Significa decidir en qué términos queremos recibirla. La historia de la tecnología demuestra que los daños más difíciles de revertir suelen producirse cuando una herramienta se normaliza antes de ser comprendida. Cuando por fin tomamos conciencia de sus efectos, el modelo de negocio ya está consolidado y los hábitos, arraigados.
Hoy todavía estamos a tiempo. Las gafas inteligentes están en construcción, y las reglas de uso, los límites y los derechos aún están por definirse. La pregunta de fondo es si ese diseño quedará en manos de unas cuantas empresas, atentas sobre todo a su balance financiero, o si lo construiremos entre todos, con transparencia y con los valores democráticos como brújula.
Como señalan los autores, los usuarios merecen que sus preocupaciones pesen más que una mejora de resolución o un incremento en las ganancias de una compañía. Coincido plenamente. La tecnología debe estar al servicio de las personas, y no al revés. Quienes trabajamos en ella, desde la academia, la investigación o la industria, tenemos una corresponsabilidad que no admite indiferencia.
Antes de ponernos las gafas del futuro, conviene preguntarnos quién las diseñó, para qué y con qué reglas. Mirar es, también, un acto político.