Picotazo Político: MORENA
Existen adhesiones cuya naturaleza prescinde del argumento; se revelan, puras y desnudas, en la sola vibración de su enunciado. Blindar la figura de Donald Trump con un fervor casi místico, adjudicarle gestas que se desmoronan ante el menor roce con la realidad o repetir consignas como si fuesen epifanías, no constituye una postura política: es, esencialmente, un síntoma. No del líder, sino de la arquitectura psíquica de quienes lo sostienen. En ese acto de fe no hay análisis, sino alivio; no hay pensamiento, sino una descarga catártica.
Desde la herencia freudiana, comprendemos que la civilidad exige un tributo: la renuncia pulsional que hace habitable el lazo social. Sin embargo, cuando esa renuncia pierde su sentido —cuando el orden institucional promete horizontes que jamás cumple y la desigualdad se cristaliza como paisaje inamovible—, el sujeto no emerge crítico, sino reactivo. No busca una verdad que lo interpele, sino una salida que lo libere del peso de la incertidumbre. Busca una voz que simplifique, que señale al culpable y que, finalmente, autorice.
Es bajo esta luz donde Trump se vuelve inteligible. No como una anomalía histórica, sino como un vehículo. Su palabra no tiene la vocación de construir, sino la eficacia de reducir. No articula la realidad: la impacta. Al prescindir de las mediaciones intelectuales, convierte la complejidad del mundo en un blanco bidimensional. En ese gesto, su seguidor encuentra algo más preciado que un programa de gobierno: encuentra una legitimación íntima. La anhelada licencia de no tener que elaborar, de no sostener la duda sobre los hombros y de nombrar al mundo sin la fatiga de atravesarlo.
Lacan lo habría precisado con su rigor habitual: cuando la función que introduce el límite se erosiona, el sujeto no alcanza la libertad, sino que se precipita al vacío. Lo que se activa no es una arquitectura ideológica, sino una economía psíquica elemental que busca evitar la ambigüedad a toda costa. Fijar enemigos, reciclar agravios y descargar la bilis sin el proceso de elaboración simbólica. No es necesario el diagnóstico clínico para reconocer la silueta de esta regresión.
En esta frecuencia, la adhesión muta de acto reflexivo a identificación ciega. Las ideas no se examinan, se adoptan como prótesis; los hechos no se verifican, se corean. La rudeza es confundida con autenticidad; la simplificación, con lucidez; la hostilidad, con el coraje de los justos. Por ello, la defensa de lo absurdo —esas hazañas inexistentes que le son atribuidas— no es un error de información, sino un triunfo de la coherencia emocional sobre la razón fáctica.
No es azaroso que este vínculo florezca en una cultura donde el lenguaje se contrae y la experiencia se vuelve instantánea, casi eléctrica. Ahí donde la lectura pausada claudica ante la reacción visceral, la política pierde su espesor y se vuelve espectáculo. Quienes se reconocen en ese discurso no lo hacen tras una deliberación, sino desde una afinidad basal: la del sujeto que encuentra en el líder la confirmación sagrada de sus propios límites.
Se percibe en este fenómeno algo más profundo que el simple desconocimiento: hay una dificultad persistente para habitar lo complejo. Como si el mundo, en su vastedad inabarcable, tuviera que ser mutilado para no desbordar la psique. Así, la agresión deja de ser un exceso para convertirse en un refugio, un muro defensivo contra la exigencia de pensar.
Adorno nos advirtió con lucidez que la barbarie no es un invasor externo, sino un sedimento que se gesta en la erosión de la cultura. Cuando el lenguaje se vuelve raquítico y la emoción desplaza a la reflexión, el escenario queda listo para formas de poder que no buscan convencer, sino intensificar el resentimiento.
Trump no inaugura una era: la revela. No crea esa subjetividad: simplemente la habita y la explota. Es el punto de quiebre donde una cultura saturada de desigualdad y simulacro produce sujetos que ya no toleran el límite, sencillamente porque nunca aprendieron a pensar su significado. Por ello, el enigma no es Trump, sino la pasmosa facilidad con la que es creído. Porque allí donde pensar se percibe como una carga insoportable, la renuncia a la razón deja de ser una carencia y comienza, peligrosamente, a ejercerse como un derecho.