Nada Personal
Una noche de 1836, Søren Kierkegaard regresó de una fiesta. Había sido, según él mismo cuenta, el alma de la reunión. Había hecho reír a todos, había lanzado ocurrencias, había conversado con esa facilidad brillante que hace que una persona parezca perfectamente instalada en el mundo. Los demás debieron despedirse pensando que habían pasado una noche estupenda en compañía de un hombre ingenioso, quizá incluso feliz. Pero cuando Kierkegaard salió a la calle y quedó solo, ocurrió algo completamente distinto. Escribió que acababa de volver de una fiesta en la que había sido el centro de la diversión y que, sin embargo, al marcharse, quería darse un tiro. Entre una cosa y la otra dejó un larguísimo guion. Como si entre el hombre que hacía reír y el hombre que caminaba solo hubiera una distancia imposible de medir.
Hay algo profundamente inquietante en esa escena. No porque Kierkegaard estuviera triste —la tristeza, al fin y al cabo, es una vieja conocida de la especie—, sino porque durante unas horas nadie sospechó nada. Todos habían visto a Kierkegaard; nadie había visto lo que ocurría en Kierkegaard. Y quizá ahí comienza una de las tragedias más refinadas de la existencia: podemos ser perfectamente visibles y permanecer, al mismo tiempo, radicalmente desconocidos.
Roland Barthes afirmó que una imagen nunca es inocente. Cuando alguien aparece ante nosotros, no vemos solamente un rostro, vemos una construcción de sentido. Una fotografía, una sonrisa, un gesto, incluso una manera de vestir, comienzan a decir quién creemos que es esa persona. La mirada del otro no se limita a observarnos; también nos fabrica. Terminamos viviendo bajo el extraño régimen de ser aquello que los demás han aprendido a reconocer en nosotros. El simpático debe seguir siendo simpático. El fuerte no tiene derecho a quebrarse. El inteligente debe tener siempre una respuesta. El que alguna vez fue feliz parece adquirir la obligación de continuar siéndolo.
Pirandello llevó esta sospecha hasta el delirio. Si cada persona nos conoce de una manera distinta, entonces quizá no seamos uno, sino muchos. Somos una persona para nuestra madre, otra para nuestros amigos, otra para quien nos ama y otra, quizá irreconocible, para quien nos detesta. El problema aparece cuando regresamos a casa, cerramos la puerta y todas esas versiones dejan de tener público. Entonces surge una pregunta bastante menos cómoda que “¿quién soy?”: ¿qué queda de mí cuando nadie necesita que sea alguien determinado?
Tal vez por eso algunas personas hablan demasiado cuando están acompañadas y piensan demasiado cuando están solas. No necesariamente porque sean falsas. Quizá porque la conversación ofrece una arquitectura momentánea para la identidad. Mientras alguien nos mira, sabemos aproximadamente dónde colocarnos. Pero cuando la fiesta termina, las sillas quedan vacías y la música se apaga, desaparece también el pequeño escenario que sostenía nuestro personaje.
Kierkegaard comprendió algo que seguimos evitando con admirable disciplina: la angustia no siempre tiene apariencia de angustia. A veces llega vestida de ingenio, de productividad, de cordialidad, de éxito. A veces incluso sabe contar buenos chistes. Por eso resulta tan peligroso confundir una vida visible con una vida verdadera.
Y acaso el asunto no sea descubrir cuál de nuestras versiones es la auténtica. Puede que no exista una respuesta tan tranquilizadora. Quizá somos, como sospechaba Pirandello, una pequeña república de personajes; quizá Barthes tendría razón al decir que también existimos en la mirada que nos devuelve el otro; quizá Kierkegaard acertaría al recordarnos que, debajo de todas esas representaciones, queda una conciencia sola frente al misterio de tener que existir.
Porque la fiesta puede terminar sin que termine la vida. Las luces se apagan, las voces se dispersan y el escenario queda vacío, pero todavía podemos regresar a él. Quizá lo verdaderamente humano comience justamente ahí, cuando dejamos de preguntarnos quién parecemos ser y empezamos, por fin, a permitir que alguien nos conozca verdaderamente.