Columna Descomplicado/Jorge Robledo
La captura y muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, conocido como “El Mencho”, no es un hecho aislado ni un simple golpe mediático: es la confirmación de que el Estado mexicano, cuando actúa con inteligencia, coordinación y decisión política, puede doblegar incluso a los símbolos más temidos del crimen organizado. El liderazgo del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) representaba no sólo una estructura criminal expansiva, sino una narrativa de poder paralelo que pretendía disputar territorios, voluntades y soberanía. Esa narrativa hoy se fractura. Durante años se sostuvo que ciertas organizaciones eran intocables, que su capacidad de fuego y su penetración territorial las convertían en un poder fáctico irreversible.
La acción del Estado demuestra lo contrario. La estrategia de seguridad del gobierno de la Presidencia de la República —basada en inteligencia operativa, coordinación interinstitucional y fortalecimiento de capacidades— ha optado por debilitar las estructuras financieras, logísticas y de mando, evitando espectáculos y privilegiando resultados sostenidos. La caída del principal dirigente del CJNG confirma que esa ruta rinde frutos.
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