Nada Personal
En 1910 inició un proceso revolucionario que detonó la violencia por tres décadas. En la vorágine hubo tantolevantamientos legítimos como golpes de Estado y una guerra de carácter religioso. Hombres fuertes que en dos o tres años pasaban a ser parte de la historia o a ocupar una tumba en algún olvidado cementerio. No faltó el que de joven se inmortalizó en la fotografía del pelotón que fusiló a Maximiliano y de viejo terminó traicionando a Madero y, años después, con una cara horrible en los periódicos que reportaban su muerte.
Magnicidios y traiciones menudearon durante esos años y, de no ser por Venustiano Carranza y su idea de una reforma constitucional, es muy probable que el movimiento hubiera terminado en un espectacular fiasco. Uno de tantos hechos de sangre lo protagonizó, como víctima, el Manco de Celaya, aquel sonorense de prodigiosa memoria que mandó al otro mundo a Carranza, su querido jefe, y a un buen número de compañeros de armas. Resulta que en un lugar llamado “La Bombilla” le pegaron de tiros. Mal asunto y peor si recordamos que era el presidente electo. A su cuate Plutarco Elías Calles, al cual no faltó una mente perversa que lo señalara como responsable, se le ocurrió una salida magistral para resolver el problema de la sucesión: un partido político donde cupieran todos los revolucionarios.
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