Nada Personal
Hay días en los que uno abre las redes sociales y ya ni si quiera sabe qué sentir. De hecho, hay veces que ya ni siquiera queremos abrirlas, pues alimentado algorítmicamente, aparece un maremágnum de noticias, videos de crímenes reales y situaciones hoscas.
Primero esta el caso de Doña Dominga, una mujer de más de ochenta años que salió a trabajar para ganarse el sustento y terminó perdiendo la vida por algo tan irrisorio como llevar unos cuantos pesos en la bolsa, en Amozoc, Puebla.
Después aparece César Gastélum, un influencer que fue ejecutado en Culiacán, Sinaloa, mientras transmitía en vivo frente a miles de espectadores.
Luego vemos en Monterrey a un hombre de la tercera edad, que presuntamente fue empujado hacia el paso de un tráiler y murió atropellado.
Y cuando uno cree que ya no puede ver algo peor, aparece el caso de Julio César Arredondo quien fue encontrado muerto días después de haber desaparecido saliendo del trabajo, también en Culiacán, Sinaloa.
Cuatro historias diferentes, pero con algo que las conecta: personas comunes enfrentándose a situaciones que jamás debieron ocurrir.
Y aquí es donde uno tiene que preguntarse: ¿Qué está pasando?, ¿En qué momento nos acostumbramos a ver violencia, al despertar, mientras desayunamos, antes de dormir y hasta para ir al baño?
¿Por qué alguien ataca a otro y asume que no habrá consecuencias?, ¿En qué momento dejamos de sorprendernos cuando alguien termina herido o muerto?
Detrás de cada caso viral hay una persona. Una madre. Un padre. Hay hijos. Hay hermanos.
Hay una familia que, después de que las cámaras se apagan y las redes pasan al siguiente escándalo en un ciclo de consumo y algoritmización incesante, tiene que quedarse viviendo con las consecuencias.
Y eso es lo verdaderamente desgarrador, mientras hay usuarios que comparten el video, comentan, se indignan y después siguen scrolleando, hay familias que están teniendo los peores días de sus vidas y viviendo un duelo que por la viralidad del evento, podría patologizarse.
Duele que México sea un lugar donde la violencia es parte del paisaje, de la cotidianeidad y de la psique colectiva. Donde el miedo es cosa de todos los días, del simple hecho de salir a trabajar y preguntarte si vas a regresar a casa.
Donde una agresión termine convertida en un video de treinta segundos, que mañana será reemplazado por otro y luego por otro ad infinitum.
No deberíamos estar acostumbrándonos a esto. No debería parecernos normal.
Porque si algún día dejamos de indignarnos pro el dolor de los demás, entonces el problema ya no solamente será la violencia.
Será que como sociedad empezamos a perder algo todavía más importante: La capacidad de sentir, empatizar y no ser indiferentes.
¿Cuánto tiempo llevamos desensibilizándonos?, ¿Qué está pasando con México?




