Notas para un lector improbable
Lo que estamos presenciando en el Mundial de 2026 no es únicamente una competencia deportiva. Es una exhibición de poder político, intereses comerciales y control de audiencias globales. El balón sigue rodando, pero cada vez resulta más evidente que las decisiones importantes se toman lejos del césped.
La polémica generada tras la supuesta intervención política derivada de la expulsión del delantero estadounidense Folarin Balogun abrió una discusión incómoda: ¿hasta dónde llega la autonomía de la FIFA y dónde comienza la influencia de los gobiernos anfitriones? La sola percepción de que el poder político pueda alterar decisiones deportivas representa una derrota para el propio torneo.
Porque el problema de fondo no es un jugador, un árbitro o una tarjeta roja. El problema es la creciente sensación de que existen selecciones de primera y de segunda incluso antes del silbatazo inicial.
El caso de Irán ilustra esa desigualdad. Las tensiones geopolíticas obligaron al equipo a modificar su concentración y realizar desplazamientos constantes para disputar sus encuentros. Mientras algunas potencias disfrutaban estabilidad logística y comodidad operativa, otros competían también contra aeropuertos, fronteras y kilómetros acumulados.
En teoría, el fútbol debería compensar esas desventajas dentro de la cancha. En la práctica, ni siquiera ahí parece existir igualdad de condiciones.
La anulación del gol iraní frente a Egipto, tras una revisión milimétrica del VAR, reabrió una pregunta que el fútbol moderno se niega a responder: ¿la tecnología llegó para impartir justicia o para administrar interpretaciones?
El videoarbitraje se ha convertido en el símbolo perfecto de nuestro tiempo: preciso hasta el milímetro para invalidar la hazaña del pequeño, pero sorprendentemente flexible cuando las decisiones afectan a las grandes audiencias, a las selecciones históricas o a las camisetas que más venden.
La crítica ya no proviene únicamente de aficionados frustrados. Exjugadores y analistas internacionales llevan años señalando criterios inconsistentes y aplicaciones desiguales del reglamento. Tal vez no exista una conspiración organizada; quizá sea algo más simple y, precisamente por ello, más preocupante: un sistema que aprendió a proteger aquello que genera mayores intereses.
La FIFA transformó el torneo más importante del planeta en un espectáculo cuya prioridad ya no parece ser la competencia, sino la rentabilidad. Los milagros deportivos venden menos que las marcas consolidadas. Las sorpresas son románticas; las potencias son negocio.
Y cuando el negocio se convierte en el criterio principal, la incertidumbre deja de ser parte del juego para convertirse en un riesgo financiero que debe administrarse.
El Mundial de 2026 deja una pregunta incómoda: si las reglas son las mismas para todos, ¿por qué cada vez más aficionados sienten que no todos juegan bajo las mismas condiciones?
Porque hoy las Copas del Mundo siguen disputándose en el césped, pero cada vez parecen decidirse más en los escritorios, las fronteras y las pantallas del VAR.
Y eso, nos guste o no, ya está a la vista pública.