
El compromiso de la presidenta Claudia Sheinbaum con Guerrero
En sus peores etapas autoritarias, el PRI cuidó las formas de encontrarle espacios a la oposición porque tenía más mayor valor político el entendimiento que la anulación a través del mayoriteo vulgar. Morena como mayoría ha demostrado ahí ser peor el PRI.
El incidente del miércoles en la tarde en el Senado de la República no debería asustar porque forma parte de los comportamientos políticos de los legisladores, pero sí debe de llamar la atención el hecho de que Morena está buscando destruir y desaparecer a la oposición para regresar a los tiempos dorados --en la superficie, pero oscuros hacia el interior del régimen-- de partido prácticamente único, hegemónico, absolutista y excluyente.
Los jaloneos entre la élite senatorial están mandando señales inquietantes respecto de los equilibrios sistémicos. El país ya padeció los efectos nocivos del unipartidismo, al grado de que tuvo que inventarse en varias etapas a oposiciones de coyuntura: el PPS el PARM y luego los partidos de la reforma política de 1977, pero llegó la cerrazón para instalar de nuevo el modelo de autoritarismo político salinista: con exclusión de la oposición perredista que había sido priista, la ruptura del modelo de partido de Estado con Zedillo y la desarticulación interna permitió el ciclo opositor 2000-2018.
Morena está recibiendo muchos avisos de la realidad en el sentido de que no es fácil ser partido dominante porque la oposición real --política y armada-- salió de las cerrazones del PRI como clase excluyente.
Lo de menos son los comportamientos de Gerardo Fernández Noroña como si siguiera al frente de los afectados por las tasas de interés bancarias en la crisis zedillista, aunque hoy no hace sino seguir los caminos de Andrés Manuel López Obrador como líder social de protesta callejera, pero el mensaje que deja la cerrazón morenista en el Senado contrasta con las despresurizaciones --coyunturales o mediáticas-- en la Cámara de Diputados.
Las rupturas violentas que suelen ser inevitables en el jaloneo parlamentario solo están mostrando la unidireccionalidad de los comportamientos legislativos de la actual mayoría y están revelando la falta de flexibilidad política de la mayoría, pero justo el momento en los que el cierre de las negociaciones de poder estaría mandando mensajes de abusos autoritarios que disminuyen la de por sí escasa calidad de la democracia.
La oposición estará cometiendo un error estratégico si asume la victimización cuando debiera de aceptar el fracaso de su papel estabilizador y la incapacidad para elevar la calidad de las prácticas parlamentarias que pudiera hacerle reconquistar parte del voto electoral que perdieron en los años de la cerrazón unipartidista. El PRI y el PAN ya casi no tienen tiempo para construirse de nueva cuenta como partidos confiables y por estar peleando podrían alejar la imagen de profesionalización de la política que están requiriendo las oposiciones minoritarias.
La mayoría de Morena está por iniciar uno de los pendientes más importantes de la agenda política de López Obrador y en modo de lopezobradorismo y como nunca antes se observa la desarticulación del partido mayoritario en corrientes y tribus, sin una dirigencia nacional con liderazgo y astucia de un área política del Gobierno a la que no le están permitiendo estabilizar los problemas del sistema de partidos.
La reforma electoral tendría valor no por sí misma ni por el hecho determinar de una vez por todas con el modelo de una estructura paralela al Estado, sino que justificaría sus reacomodos si logra entender la dinámica de la existencia de los partidos: la representación social en las dos áreas determinantes del Estado --la presidencia de la República y las dos cámaras-- y los universos reproducibles a nivel estatal con los mismos vicios de autoritarismos anti opositores. La imagen que está mostrando Morena en las diferentes instancias del poder repite muy rápido los vicios que fueron repudiados en las urnas por los electores priistas: la inutilidad de partidos en el gobierno y opositores en tanto que carecen de funcionalidad para los intereses de la sociedad que estaría votando por equilibrios de poder y no por nuevos dominios autoritarios de una nueva clase política gobernante.
Noroña está reproduciendo la pésima calidad de la política democrática en su conducción de las riendas del Senado y sus confrontaciones violentas con la panista Lilly Téllez y el priista Alejandro Moreno Cárdenas califican más a Noroña que los opositores, pero obligan también a la oposición al elevar la calidad parlamentaria.
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